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Gaudí 2002 (I)
La Ciudad de los Prodigios
A finales del siglo XIX, Barcelona era un hervidero de proyectos y propósitos. La ciudadanía vivía con ilusión e inquietud los cambios que se generaban a su alrededor. La Ciudad Condal crecía a ojos vista, desparramándose por el llano.
Mientras, en el solar donde se levantaría la Sagrada Familia crecían los hierbajos y pastoreaban las cabras. Lo último era ir a la Feria Internacional de Muestras o hacerse con un buen alumbrado de gas para el salón. Las galas del Liceo brillaban de oropeles, diamantes y brillantina.
La Ciudad de los Prodigios, como se la llamó en los folletos turísticos de la época, estaba en plena efervescencia. Se demolían barrios, se edificaban palacios, se ajusticiaban anarquistas y se perpetraban atentados. Barcelona aspiraba a ser una ciudad moderna en el más amplio sentido de la palabra.
La capital de Cataluña bullía de negocios, dinero fresco y nuevos ricos. Con la bonanza económica la burguesía catalana se zambulló en una fiebre constructora que dio a la ciudad un sarpullido de palacetes, parques, almacenes, fábricas, talleres y viviendas, que parecían competir entre sí por tener las líneas más atrevidas y vanguardistas; la ciudadanía polemizaba sobre lo esperpéntico de las formas y el por qué de la abjuración de las líneas rectas. El Art Noveau encandilaba a los franceses, los americanos enloquecían por el Style Liberty y los catalanes se dejaban seducir por el Modernismo.
De las farolas de la Plaça Reial...
En 1879 el Ayuntamiento barcelonés encargó a Antoni Gaudí el diseño de unas farolas para el alumbrado público. Si los responsables de urbanismo de aquel ayuntamiento hubiesen sabido la que se iba a organizar, se hubiesen olvidado del proyecto de iluminación pública y de Gaudí.
Dos de las farolas, que semejan candelabros de seis brazos, se instalaron en la Plaça Reial y otras dos, con sólo tres brazos, fueron colocadas flanqueando las puertas del Palacio de Gobernación, en el Pla de Palau. El gobernador civil de la época, del que mejor no mentamos el nombre, ordenó retirar las atrevidas linternas al considerar que las coronas invertidas que remataban las farolas eran una provocación antimonárquica. Hizo falta mucha mano izquierda para tranquilizar las neuronas del político y permitir que las luces de gas de las disidentes farolas continuasen alumbrando la entrada del palacio.
En el Pla de Palau, enfrentado al Palacio de Gobernación y a las farolas "antimonárquicas", encontramos el 7 Portes, un veterano de la restauración barcelonesa situado en los Pòrtics d´en Xifré, un edificio declarado de interés arquitectónico. Cocina catalana de calidad y, a juzgar por la opinión de sus incondicionales, la mejor paella de Barcelona.
Muy cerca, en los bajos y las terrazas del cercano Palau de Mar, nos espera la auténtica cocina marinera, saboreada frente al Port Vell, sin perder de vista el Mare Nostrum ni los sabores que se ocultan en lugares como El Merendero de la Mari, donde las Fideuàs, la Dorada a la sal o el inolvidable Rape "pinxo" nos harán navegar por el Mediterráneo.
El Magatzem del Port, también en el Palau de Mar, ofrece excelentes paellas y tapas de lujo: Almejas a la marinera, auténticas Croquetas caseras y unas Anchoas que hacen pensar que el Cantábrico se esconde tras los mástiles que se mecen frente a la terraza del restaurante.
En la Plaça Reial no faltan las opciones gastronómicas, desde el tradicional tapeo en las terrazas y la cerveza de barril hasta las singulares propuestas del Taxidermista. Situado en el número 8, este curioso restaurante debe su inquietante nombre al taller de taxidermia que ocupó el local hasta no hace muchos años. Original cocina de diseño y una no menos insólita decoración.
A unos metros de la Plaça Reial, en el número 14 de la calle Escudellers, Los Caracoles nos oferta buenos asados y cocina catalana tradicional que parece guisada por una abuela de las que ya no quedan.
Si se desea entrar en contacto con una de las más ilustres instituciones gastronómicas de Barcelona, nada mejor que adentrarse en las tripas del mercado de la Boquería y zambullirse en el trepidante ritmo del Pinotxo, uno de esos lugares que no necesita carta y en los que la imaginación y la experiencia que destila su cocina son sinónimos de garantía gastronómica.
... a la Casa Vicens
Con el título de arquitecto recién estrenado, Gaudí recibe el encargo de Manuel Vicens Montaner para la construcción de una casa unifamiliar en el popular y emergente barrio de Gràcia. En el número 24 de la calle de las Carolines se levantaría una de las obras más recoletas del visionario arquitecto.
El propietario del solar era un industrial de pujante riqueza gracias a la fabricación de baldosas y azulejos; por lo que Gaudí se lanzó a la construcción de esta vivienda unifamiliar de veraneo utilizando con imaginación y profusión estos materiales. La fascinante policromía y la armonía de las formas y los materiales empleados son tan desconcertantes hoy como lo fueron el siglo pasado. Antoni Gaudí iniciaba con la construcción de la Casa Vicens el camino hacia un estilo y una filosofía arquitectónica únicas, que sirvieron, además, para dar que hablar a los tertulianos de la época.
Ni la prensa ni la ciudadanía veían claro de qué iba aquello del modernismo; la controversia estaba servida. Tuvieron que pasar 45 años para que, en 1927, el Ayuntamiento barcelonés se atreviese a declarar mejor edificio de la ciudad a la Casa Vicens. Más vale tarde que nunca.
En los alrededores de esta recóndita joya de Gaudí la oferta gastronómica es tan estimulante como el edificio de la calle de las Carolines. El popular barrio de Gràcia ha visto aumentar vertiginosamente el número de restaurantes y ya se pueden encontrar cocinas procedentes de los confines del mundo o pequeños establecimientos donde la imaginación de los cocineros aparece reflejada en la cocina de fusión que practican.
En el restaurante Shojiro, en Ros de Olano 11, Ochi Shojiro nos ofrece su peculiar visión del Mediterráneo, al que hermana con su lejano pariente, el Océano Pacífico. El Tataki de atún con vinagre de Jerez o el Magret de pato en escabeche de shitake se están convirtiendo en citas obligatorias en las cenas de Gràcia.
En Niu Toc, en el número 3 de la Plaza de la Revolución de Septiembre, nos esperan 40 recetas distintas de Bacalao y un excelente surtido de tapas, arroces y carpaccios.
Para quien quiera probar sabores de otras fronteras, nada mejor que el Mesopotamia, en la calle Verdi 65, donde Píus Hermés -un iraquí afincado en Barcelona- selecciona una original y cuidada carta de vinos. Además de recuperar recetas de las abuelas de Oriente, como el milenario Burgul o el inolvidable Cordero estofado, que nos acercan a las montañas de la oriental Capadocia, donde hay quien afirma que Gaudí se inspiró para esbozar la Sagrada Familia, pero esa es otra historia.
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Joan Biosca
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