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Pan de Dalí
El arte y la gastronomía
"He rechazado siempre que me comprendan. Ser comprendido es prostituirse". Estas palabras de Fernando Pessoa podrían muy bien haber sido dichas por Salvador Dalí.
El controvertido genio de Cadaqués impregnó toda su obra, incluso aquellos cuadros aparentemente más inteligibles y claros como los dedicados al pan, de una atmósfera inquietante cuando no onírica, que los hace enigmáticos y, en ocasiones, indescifrables.
Obsesión, ilusión, metáfora, símbolo, paranoia, asociaciones inconscientes, suelen acompañar todo comentario a la obra de Salvador Dalí, en particular a aquellos años en los que era un adepto militante del surrealismo. Relojes derretidos amenazados por hormigas que hacen referencia a la persistencia de la memoria, alucinaciones en las que la cabeza de Lenin flota etérea sobre las teclas de un piano, conviven en los museos Dalí con hogazas y panecillos aparentemente desprovistos de cualquier carga simbólica, que parecen conectar con la tradición artística que le precede en cuatro mil años.
Es fácil seguir el rastro del pan desde las primeras representaciones de este alimento hechas por los egipcios, a quienes debemos agradecer, también, los secretos de la fermentación y de la cocción al horno.
Un regalo de los dioses
Dos mil años antes de nuestra era, los habitantes del fértil Nilo se hacían enterrar rodeados de panecillos de cebada y tortas sagradas. Pero no sólo eso. Su devoción por este alimento, considerado un regalo de los dioses, les llevaba a decorar con escenas de la siega, la molienda, o de jóvenes trabajando la masa de pan con los pies, las paredes oscuras de su última morada.
Gracias a la creencia extendida entre los pobladores del Nilo fértil de que sobreviviría en el más allá todo aquello que les acompañara en la tumba, se han conservado intactas hogazas y tortas que se remontan a más de 1000 años a.C. Se trata de piezas pequeñas de unos 250 a 300 gramos de peso, redondas, ovaladas y triangulares perfectamente conservadas en la atmósfera incorruptible de los enterramientos.
Luego, artistas anónimos, imprimieron su huella creativa sobre el muro fúnebre de una mastaba, iniciando una tradición artística que, tomando al pan como objeto protagonista, cruzó de extremo a extremo el Mediterráneo y sobrevivió el paso de cuatro Edades históricas.
Monedas romanas con espigas de trigo, grabados renacentistas con la imagen de los panaderos y sus cuernas anunciando la llegada del pan, cedazos, molinos y morteros, hornos caseros y piedras de moler atesoradas en los museos como reliquias del pasado, grandes telas barrocas impregnadas de óleos coloristas y untuosos con hogazas, bodigos, trenzas, y mendrugos, nos hablan de la historia de este alimento con el cual el hombre ha establecido la relación más afectiva y sentimental de todas cuantas atañen al sustento. Ese mismo afecto parece estar presente cuando Dalí decide llevarlo de la paleta al lienzo.
Continuará...
Isadora
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