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Manzanas de Provenza
Cézanne

Un joven Cézanne protegió a un compañero de estudio llamado Emile Zola en el Liceo, y éste a cambio le regaló unas manzanas que habrían de pasar con el tiempo a ser inmortalizadas una y otra vez en los célebres bodegones del pintor.

También a ese tiempo se remonta una amistad entre el futuro escritor y el maestro del color que habrá de durar toda la vida, como recuerda Zola: "éramos tres amigos (Zola, Cézanne y Baille), tres muchachos que todavía se sentaban con pantalones cortos en los bancos de la escuela. En los días de fiesta, nos lanzábamos al campo en loca carrera. Necesitábamos espacios abiertos, sol, senderos perdidos entre barrancos, de los que tomábamos posesión como conquistadores...".

Esta conquista de la naturaleza que Cézanne llevará a sus cuadros, ese interés por temas menudos, vivos, cotidianos, íntimos, este rechazo del paisaje como fondo a un drama histórico, viene a sustituir en pintura a la exaltación romántica del héroe, a los temas grandiosos, alejados de la vida con minúscula y cercanos a la Historia y a la Leyenda. El maestro le confiesa a Felipe Solari, que es su ambición "asombrar Paris con una manzana".

Sea por la anécdota de sus días escolares protagonizada por Zola, o sea por otra razón que ha escapado a los biógrafos del artista, el hecho es que esta fruta adquiere una enorme carga sentimental en las representaciones de manzanas que cubren casi treinta años, desde principios de la década de los setenta, hasta el momento de su muerte, ocurrida el 22 de Octubre de 1906.

Cuando Cézanne se enfrenta al lienzo en blanco, no lo hace con la misma disposición con la que lo hacían los pintores de bodegones españoles del siglo XVII o los artistas de la escuela holandesa. Frente al estatismo y la quietud de estos interiores oscuros o penumbrosos, casi solemnes, donde parece casi posible aspirar su aroma rancio y viciado, los bodegones de Cézanne parecen vibrar, cambiar de contorno a medida que la luz se modifica y va alterando la geometría más simple del cono, el cilindro y la esfera con la que estos frutos son representados.

Rilke, un año después de la muerte del maestro, describía su trabajo en el estudio de este modo: "hay que haberlo visto pintar, dolorosamente tenso, con la oración en el rostro, para imaginar que parte excepcional de su alma ponía en el trabajo. Todo él temblaba, vacilaba, con la frente congestionada, como henchida de invisibles ideas, el busto encogido, el cuello hundido y las manos temblorosas hasta el instante en que sólidas, tiernas, voluntariosas, daban el toque, seguras..."

Incomprendido por la crítica

Innovador y adelantado a los gustos de sus contemporáneos, fue mal comprendido en su tiempo por ciertos críticos que llegaron a escribir sobre él "un artista de retina enferma que, en su exasperada percepción visual, descubrió los inicios de un arte nuevo", o también, "tiene las torpezas y las imperfecciones de un verdadero primitivo", o aquella, mucho más dura, que se atreve a profetizar "el nombre de Cézanne, quedará unido a la más memorable burla de arte de los últimos quince años".

En sus naturalezas muertas, como contagiadas por la actitud vigorosa, enérgica que describe la carta de Rilke, algo vivo y dinámico se despega de la tela y atraviesa la barrera impuesta por el lienzo. La luz comparte protagonismo con los frutos desparramados y juega con su aspecto invitando al pintor a mostrar lo que ve, no como es, sino como él lo siente, preludiando la libertad cromática que Matisse y los fauves llevarán a sus últimas consecuencias.

Dice el maestro en cierta ocasión, "sólo conozco el color, la luz es un tono del lugar, la sombra, otro". Enlaza esta afirmación, con la opinión expuesta por Van Gogh en una de sus cartas a Theo, según la cual "no es quizás superfluo llamar la atención sobre el hecho de que uno de los más bellos hallazgos de los pintores de este siglo, ha sido pintar la sombra, que es también color"...

Continuará...


Isadora

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