Secciones
Restaurantes
Gastronomía
Agenda
Noticias
Despensa / Bebidas
Libros
Cocina regional
Cocinas del mundo
Viaja y come
Con nombre propio
Entrevista con...
Cocina
Bodega
Servicios Empresa
Eventos
Guías exclusivas
Regalos empresa
Restauradores
Grupo Accua
Club Accua
Conócenos




Con nombre propio
Isadora
La montaña de sal, las gallinas de Quenlinfú y otras maravillas
La Cocina de las Maravillas (III)

Colinas fabulosas, seres extraordinarios y remedios milagrosos salpican dan sentido al título del libro.

Fue en las montañas de Taicán donde Marco Polo descubrió la mejor sal del mundo. Estas montañas blancas, grandes, orientadas al mediodía, estaban cubiertas de una sal "tan dura, que sólo puede arrancarse con pico de hierro" y tan abundante "que el mundo entero tendría suficiente hasta el fin de los siglos".

No muy lejos de allí está la provincia de Badascián que tiene montañas sulfurosas. En la cumbre, el aire es tan puro que sana al que padece fiebre "terciana, cuartana o continua". Hay mucha caza de animales y pájaros. También hay halcones sacres y laneros, azores y gavilanes. Y aunque allí no tienen aceite de oliva, suplen la falta con "aceite de sésamo que es blanco, mejor y más sabroso que cualquier otro".

Estos orientales, un tanto extravagantes, tienen remedios extraños y crían animales que en la refinada Venecia sería imposible encontrar. En Quenlinfú, donde abunda el jengibre, hay unas gallinas fabulosas "que no tienen plumas, sino piel con pelo negro de gato. Ponen excelentes huevos y son muy buenas de comer". En la provincia de Caragián hay unas serpientes gigantes, tan gordas como un tonel que "tienen dos patas cortas delante, cerca de la cabeza, pero no tienen pies". A su hiel se le atribuyen tres importantes virtudes medicinales, por lo que son muy codiciadas: curan la rabia, alivian los dolores de parto y acaban con las erupciones de piel.

También le atribuyen propiedades milagrosas a la tierra donde murió Santo Tomás, en la provincia de Maabar, en la India. Los peregrinos devotos van hasta allí a coger esa arcilla que mezclada con agua o con cualquier otro líquido dan a beber a sus enfermos y así quedan sanados. El propio Marco Polo llevó a Venecia esa tierra "y curó a numerosas personas con ella". Pero esta tierra además es célebre porque da unos frutos memorables y grandiosos, exquisitos y muy nutritivos a los que Marco Polo no osa llamar cocos.

En la Iglesia donde reposan los restos del santo descubre estos árboles que hacen vino y producen "nueces del Faraón" que le sorprenden por su enorme tamaño y exótico aspecto: "De una de estas nueces -escribe Rustichello- un hombre recibe alimento y bebida. Ante todo tienen una cámara exterior sobre la que hay fibras que se utilizan de muchas maneras. Es muy sabroso y dulce como el azúcar, blanco como la leche. En el corazón de este alimento hay tanta agua, que se puede llenar una botella, agua clara, fresca y de un gusto muy bueno".

Continuará...



Untitled Document
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
  Búsqueda personalizada
con más criterios de búsqueda
 
Te recomendamos
restaurante

Reservar ahora