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  Despensa / Productos varios

La cocina afrodisíaca
Alimentos eróticos

El placer sexual es uno de los más codiciados y buscados por la especie humana. En todas las culturas y civilizaciones se han preparado pócimas y filtros amorosos para atraer al sexo opuesto, potenciar la sexualidad y la fertilidad.

Desde el principio de los tiempos, el hombre ha buscado alimentos mágicos para cocinar para el amado y así seducir al sexo contrario o al propio. En esa búsqueda ha encontrado multitud de alimentos, plantas y productos a los que ha bautizado con el nombre de afrodisíacos. Según la Real Academia Española, esta palabra sirve para definir aquello "que excita o estimula el apetito sexual".

Las primeras menciones de los afrodisíacos aparecieron en unos papiros egipcios, que datan del 2000-1700 a.C, así como en la Biblia, en los libros indios, en la Antigua Grecia y en las recetas de los pueblos árabes. En aquella lejana época, se consideraba eróticas a todas aquellas plantas y alimentos cuya forma se parecía mucho, en su estado natural, a los órganos sexuales masculinos y femeninos; o aquellas cuyo perfume se asemejaba al de las secreciones sexuales (nabos, mandrágora, cebolla, ajo, plátano, granada, higos…). Aunque la mayoría deben su fama a la superstición y la imaginación.

Los antiguos griegos ya conocían la cocina afrodisíaca y las pasiones eróticas que algunos platos, como el pescado y el marisco, provocaban. Para los griegos clásicos el Dios Eros era el principal espíritu viril, por eso un hombre era varonil cuando era erótico. Las sociedades patriarcales, como lo era ésta, tienen una gran obsesión por la virilidad, simbolizada por el falo. Virilidad que los afrodisíacos se encargaban y se encargan de potenciar.

La diosa griega Afrodita, divinidad femenina relacionada con el amor dador de vida, la fecundidad y la energía primaveral, preparaba filtros de amor y pócimas para rendir a sus amantes ante sus pies. Las cortesanas utilizaban la violeta antes de los encuentros amorosos para perfumar el aliento y las zonas erógenas. Una planta cuyo color en el Tantra, filosofía mística y espiritual hindú, simboliza la sexualidad femenina y, en el último siglo, ha representado a los homosexuales y las lesbianas.

Para los romanos, los caracoles poseían un gran poder excitante. Poder que para los chinos tenían -y tienen, sólo hace falta ver los precios que alcanzan en el mercado- el jengibre y el ginseng, y para los árabes la nuez moscada y la miel. Durante la Edad Media, los europeos añadieron las especias (canela, pimienta, azafrán, etc) a la, cada vez mayor, lista de afrodisíacos.

La finalidad de este tipo de alimentos es incitar al amor carnal, fomentar y potenciar el instinto sexual. Los perfumes, aromas y esencias son estimulantes sexuales y despiertan nuevas sensaciones y emociones en el ser humano, por lo que no es extraño que, a lo largo de la historia, comidas, bebidas y pociones hayan sido consideradas como afrodisíacos. Ese es el caso del alcohol. Consumido en cantidades moderadas, aumenta el estado erótico y disminuye todas las inhibiciones ya que dilata los vasos sanguíneos, llevando la sangre a los genitales y prolongando la erección; pero tomado en exceso imposibilita la erección y el orgasmo.

Puente entre la gula y la lujuria

La cocina y el erotismo se rigen por el mismo sentimiento: el placer, y responden a un mismo impulso: la conservación de la especie. No es extraño que la invitación a la comida, como antesala de la seducción, sea una constante en los usos amorosos. El buen sexo necesita el mismo trabajo y la misma dedicación que se pone al preparar una buena comida. Por eso, las mujeres encuentran tan sexy a los cocinillas. Por eso también, existen expresiones que nos indican que alimentarse es un acto de amor: " te quiero tanto que te comería", "te voy a comer a besos", "te quiero como la trucha al trucho".

En la cocina, como en los juegos eróticos, se utilizan los cinco sentidos. Los afrodisíacos visuales son una fantasía mental excitante: el roce delicado de una fresa sobre los labios, coger la copa de vino y acercárnosla a la boca, el sensual recorrido del almíbar o el champagne sobre el cuerpo, rociarse con nata y miel...

En la erótica de la comida se prefieren las formas redondas y fálicas (zanahorias, nabos, pepinos, calabacines…), las texturas pulposas y húmedas (tomates, granadas, fresas, etc.) y los colores llamativos (mango).

En la comida también es importante el sonido, ya que es como un afrodisíaco: el chocar de los platos, cubiertos, copas, el ruido del vino al caer en la copa, el crepitar de las velas, la conversación en la mesa… El sabor y el olfato también se asocian con la sexualidad. La piel, los pliegues del cuerpo y las secreciones tienen sabores y olores fuertes y concretos.

Todas las sustancias que se consideran afrodisíacas son eficaces en el ámbito psíquico, ya que el único afrodisíaco infalible es el amor. Pero el amor que deja de lado la monotonía e incorpora un poco de variedad y de imaginación, sin olvidar un toque de ingenuidad.

No hay que olvidar que el mayor afrodisíaco sexual somos nosotros mismos. Todo lo que queramos que sea erótico, lo será. Todo depende de la intención con que lo tomemos y lo hagamos.


E. Barquero y F. Vallcaneras

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