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Con nombre propio
Isadora
La despensa pintada
Cézanne (y II)
"El paisaje clásico ha muerto, asesinado por la vida y la verdad" dice Zola, y añade, "nuestros paisajistas salen temprano, al amanecer, con la caja de colores en bandolera, felices como cazadores que aman la vida al aire libre... en cualquier parte encuentran un horizonte palpitante, cargado de interés humano..."
Interés humano... El más pequeño fruto de la naturaleza, una naranja, una pera, unos limones, envueltos en mimbre, telas de colores, o acompañado de vasijas de barro, cristal o loza burda, está cargado de este interés. Es, en sí mismo, pretexto suficiente para protagonizar un cuadro. Cézanne lleva al lienzo una y otra vez los frutos que recoge en sus largos paseos, aquellos paseos que se han hecho familiares para sus vecinos y discípulos, aquellos que realiza en silencio, un silencio fértil y creativo, protegido del sol del mediodía con un sombrero negro de fieltro que le cubre la cabeza y enfundado en un traje viejo y gastado cubierto de manchas de pintura, como si hubiera abandonado precipitadamente el estudio incapaz de desoír la llamada del campo.
En sus naturalezas, los puntos de vista se multiplican y los objetos son vistos desde distintos ángulos, como si el pintor fuera cambiando continuamente de sitio el caballete. Pero es en su sencillez, en su falta de solemnidad, en su aparente espontaneidad y frescura, en lo que reside su grandeza. Sería un placer verlos, tocarlos, olerlos y saborearlos, pero también lo es soñar ante su visión, imaginar la Provenza por la que Cézanne paseaba, fumando una buena pipa, mientras trataba de adelantarse, en su imaginación, a lo que después plasmaría en la tranquilidad de su estudio.
En la forma perfecta y cerrada que la naturaleza le dio, "el tiempo parece haberse enrollado sobre sí mismo" y nada parece que haya cambiado desde que una mujer, la primera, miles y miles de años atrás, aceptara la invitación de un monstruo con forma de serpiente que, enroscado al tronco del árbol más tentador del paraíso, parecía sugerirle "comed, comed de este fruto, si queréis ser como dioses".
Su mundo, en parte sensorial, "sabe conservar la pureza de la sensación", se diría que tiene que ver más con los sentidos que con las emociones o las ideas, "hace cantar, llorar, gritar a su paleta" dice de él un crítico, o también, "ha vuelto a pintar la naturaleza reflejada en el mágico espejo del alma, a través de una intimidad profunda".
Delacroix, que tanta admiración despertara en artistas posteriores como Van Gogh solía decir, "la ejecución, en la pintura, debe parecer siempre improvisada... La ejecución del pintor será buena cuando se haya descuidado un poco...". En esto parece coincidir Cézanne cuando afirma: "debo seguir trabajando, pero no para llegar al "acabado" que suscita la admiración de los imbéciles. Eso, que vulgarmente tanto se aprecia, no es más que el resultado de la habilidad de artesano y convierte a una obra en inartística y trivial".
Fin.
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