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| Con nombre propio |
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El líquido elemento
¡Agua!
Reducir el agua al ámbito alimenticio, es como ir una semana de viaje a Paris y no salir del aeropuerto Charles de Gaulle. Sí, será muy bonito, pero hombre, mira que pasarse los siete días en la terminal internacional...
El cuarto elemento de la naturaleza admite tantas visiones que se podría escribir un tratado del tamaño de la Enciclopedia Británica con una única entrada: AGUA.
Mientras un químico ve en ella un compuesto de dos átomos de oxígeno y uno de hidrógeno, para la mayoría de los mortales el agua es importante porque elimina esa incómoda sensación de tener la lengua pegada al paladar que es la sed. Además, purifica, no sólo el cuerpo, sino el alma. Si nos ponemos en plan filosófico podríamos añadir que "nadie se baña dos veces en el mismo río", o que "agua que no has de beber, déjala correr". Siendo un poco más poéticos, podríamos apostillar que nuestras vidas son ríos que van a parar al mar que es el morir.
Si entramos en el terreno del arte plástico, agua hay en el étereo vaso de Magritte, en las bañistas de Ingres, en "El trigal" de Constable y en los lienzos de Dalí. Si escogemos el cine como el medio artístico con más alcance del siglo que abandonamos, podemos decir que para muchos cineastas, una gota de agua puede encerrar tanta belleza como todos los tesoros escondidos en la Tumba de Tutankamon.
Pensemos en algunas imágenes inmortales del cine: la lluvia cayendo sobre el rostro y el cuerpo empapado de Gene Kelly en "Cantando bajo la lluvia"; la calabaza con agua que Cristo le ofrece a Judas en "Ben Hur"; el agua de las lágrimas de Tita, la protagonista de "Como Agua para el Chocolate"; o la que sale del suelo y del cielo al mismo tiempo, según el relato del entrañable "Forrest Gump" de su paso por un Vietnam en plena época de lluvias.
También encontramos agua, o más bien sentimos su falta, en el trágico recorrido por el desierto de los "Tres Padrinos" de Ford; en la cara de Holly (Audrey Hepburn), donde las lágrimas se funden con la lluvia al final de "Desayuno con diamantes"; y hasta en el beso húmedo, pasional, casi póstumo, tras el que mueren los dos amantes de "Duelo al Sol". Pero ¿qué es lo que hace al agua tan apetecible para los artistas?
El grito del aguador
Hubo un tiempo en que la idea de que el agua pudiera llegar a las casas era impensable. Por aquel entonces allá donde faltaba un caño con agua surgía la presencia del aguador, una especie de funcionario público que prestaba sus servicios acompañado de cántaros y alcarrazas. Velásquez inmortalizó su figura en un célebre cuadro, "El aguador de Sevilla".
Otros muchos artistas consiguieron mantener viva la presencia del agua en el arte a través de aguamaniles, cántaros y botellas de cristal en las que, además de habitar el alma de Merlín, como decía Ramón Gómez de la Serna, se encierra el más preciado elemento de la naturaleza, sin el cual la vida no sería posible.
Empecemos con el aguador y sus vasijas casi milagrosas. ¿Cómo se las arreglaban estos ingeniosos sustitutos de la nevera moderna para mantener el agua fresca y apetecible? Las alcarrazas, gracias a su arcilla porosa, rezuman cierta porción de agua y la evaporación así conseguida enfría el líquido un tanto diezmado que queda dentro. Además, los aguadores mejoraban el sabor, el aroma y las cualidades de su líquida mercancía introduciendo algunos frutos y flores como los higos o el azahar. Algunos ofrecían agua de cebada y limón, anís, granada o pasas amargas que, además de calmar la sed, estimulaban las funciones del estómago, aliviaban ciertas dolencias y sedaban el corazón. Pero había que tener muchísimo ojo pues el operístico anuncio de los aguadores no debía confundirse con otro de pestilente condición que al grito de "¡agua vaa...!" surgía como un manantial inmundo de las ventanas de las casas.
Continuará...
Isadora
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