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  Despensa / Dulces y azúcar

Cacao maravillao
El chocolate

El mercado del chocolate de París y la creación en nuestro país del Instituto Español del Cacao y el Chocolate han servido para poner de actualidad este delicioso manjar.

Al parecer, los españoles sólo consumimos 3,5 kilos de chocolate y derivados del cacao por persona al año. Esta cantidad, una de las más bajas de Europa, nos coloca muy por detrás de suizos, noruegos, austriacos, belgas y británicos, que consumen de 8 a 10 kilos por persona al año.

La razón de este bajo consumo habría que buscarla en la mala prensa que arrastra el chocolate, cuya producción en España alcanza las 120.000 toneladas anuales, y del que se ha llegado a decir que engorda, provoca caries, acné y migrañas. Vamos, como la mayoría de los alimentos, que tomados en cantidades ingentes y sin control no son nada buenos para el organismo.

El Instituto Español del Cacao y el Chocolate ha nacido para acabar con esta imagen. Sus responsables quieren reivindicar al chocolate como una importante fuente de energía. Además de rico en minerales y vitaminas, recientes investigaciones científicas aseguran que los polifenoles (compuestos antioxidantes) que contiene pueden tener un efecto beneficioso en la prevención de enfermedades cardiovasculares y en el fortalecimiento del sistema inmunológico. Es por eso que el chocolate se adapta tan bien a desayunos y meriendas y a momentos en los que necesitamos un aporte energético extra. Quizá de ahí viene su fama -justificada o no, eso todavía no se ha podido probar- como afrodisíaco.

De los "calachuni" a los "Kinder Sorpresa"

La planta de cacao, también llamada cacaotero, es oriunda de América meridional. Hace más de 2.500 años ya era cultivada por los mayas, que la llamaron así por "cac", que significa rojo, y "cau", que es la fuerza y el fuego. Los aztecas llamaban "cacahuat" al cacao y "xocolatl" a la bebida aromática que se obtenía de sus frutos.

La leyenda dice que Quetzacoatl, dios jardinero del paraíso, regaló a los hombres el árbol del cacao para que les diera poderes y vigor. En aquella época, a los poseedores de grandes plantaciones de árboles de cacao se les daba el nombre de "calachuni" (príncipe). No en vano, las semillas de cacao eran la base monetaria de los aztecas.

El chocolate que bebían los aborígenes americanos no tiene nada que ver con el chocolate que conocemos ahora. En la composición de esta bebida ceremonial no había ni azúcar ni miel, pero en cambio añadían un pimiento picante americano llamado "ají", ámbar y almizcle.

Cristóbal Colón no conoció el cacao hasta su cuarto viaje a las Américas, durante el cual recaló en Yucatán. El descubridor escribió a los soberanos que los aborígenes utilizaban el cacao como moneda, pero no les dijo que también lo usaban como alimento. Así, Hernán Cortés tuvo el privilegio de convertirse, gracias a Moctezuma, en el primer español que probó el chocolate. Corría el año 1519, pero no sería hasta el siglo siguiente -en época de Carlos V- cuando tan delicioso manjar llegase hasta tierras españolas.

Su expansión por el resto de los países del Viejo Continente vino de la mano de Ana de Austria, hija de Felipe II, gracias a la cual el chocolate se dio a conocer más allá de los Pirineos. Un hecho al que contribuyeron los frailes españoles, que lo solían regalar que a sus compañeros franceses. Tal es así, que a comienzos de la Regencia su uso era más universal que el del café.

El chocolate no es más que una mezcla de almendra de cacao molida con azúcar y canela. Antiguamente se hacía moldeando los granos de cacao tostados, lo que produce una pasta aceitosa, oscura y amarga que no es otra cosa que el chocolate puro. En el siglo XIX se descubre la posibilidad de separar la parte aceitosa de la pasta de cacao, que permite la aparición de unos polvos secos y solubles en agua o leche (cacao en polvo), lo que da lugar a la industria chocolatera. En 1840, Rudolf Lindt mezcla la manteca de cacao con esta pasta, obteniendo un chocolate mucho más dulce, que es el que consumimos actualmente. Sesenta y cinco años después, en 1905, Henry Nestlé y su amigo chocolatero Daniel Peter descubrieron al mundo algo que convertiría su nombre en sinónimo de calidad: el chocolate con leche.

De ahí al "Kinder Sorpresa" no hay más de un paso.


E. Barquero y F. Vallcaneras

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