 

|

| Con nombre propio |
 |

Segunda entrega
Ribera del Duero
El mito de los Vega Sicilia recorre la geografía y los elaboradores de la Ribera del Duero empezaron a apostar por la tierra y las posibilidades que presentaba.
El movimiento cooperativista se relaja y los viticultores comparten el gusanillo de elaborar sus propias uvas con el resultado que todos conocemos: el boom de los vinos de la Ribera a finales de los años setenta.
El inicio de toda esa algarabía la organiza, en cierto modo, Alejandro Fernández con sus sorprendentes Pesqueras, que dejan atónitos a críticos y buenos aficionados. De ahí al despegue definitivo no había más que un paso...
Surgen bodegas y vinos coherentes, fieles a su tierra y preocupados en sacar lo mejor de la tinto fino; viticultores que aspiran a prestigiar sus elaboraciones apoyados en la certeza de la personalidad que da la variedad reina. Paralelamente, la D.O. también se convierte en el oscuro objeto de deseo de inversores, de personajes en busca de notoriedad y nobleza, y constituye el argumento de un sinfín de aventuras, más bien financieras, que miraban el imparable ascenso de ganancias y marcas.
El mareo de precios astronómicos de finales de los años ochenta y principios de los noventa, rematado escandalosamente por los precios de finales de esa misma década, resiente el mercado y obliga a recapitular. Se inicia un momento de reflexión para retomar un rumbo que habría estallado si no fuera por un sólido grupo de bodegas -como las ya citadas junto con Alión, Pérez Pascuas, Pago de Carraovejas y un largo etcétera- que ha mantenido el listón alto apostando indefectiblemente por la calidad. Han conseguido vinos de impresión que se codean con los mejores del mundo en muchas catas nacionales e internacionales.
Muchos de los problemas de la D.O. Ribera del Duero son propios de su juventud y consecuencia de la vorágine de un éxito que le ha llegado demasiado pronto. Pero no hay nada que el tiempo no cure...
En pocos años, la Ribera es conocida y reconocida como elaboradora de vinos a tener en cuenta y ha marcado el camino a las nuevas tendencias; sus tintos de calidad tienen buena imagen y son altamente considerados; su característico rosado, cuyo mercado natural estaba allí mismo, ha dado paso mayoritariamente a los vinos tintos y el vino joven se va abandonando, para seguir la moda de los "jóvenes robles" que, tras un ligero paso por barrica, resultan más amables y comprensibles para el comprador que tiene que desembolsar un dinero, más bien alto, para un tinto del año. Definitivamente, la radiografía de la D.O. empieza a definirse claramente con tintos con buena crianza, potentes, con cuerpo, estructura, y tocados por la imponente personalidad de la tinto fino.
Parece que la irracionalidad juvenil empieza a quedar atrás y el crecimiento febril que sufría la Denominación se ha calmado un poco. La zona sigue siendo muy tentadora para bodegas que buscan ampliar su negocio en otras zonas vitivinícolas distintas a la suya, pero parece que la presión en el sector se ha visto apaciguada. A pesar de que, en muchos casos, el crecimiento desenfrenado diera pie a un desorden no siempre corregible, se está empezando a dibujar el mapa de la coherencia.
El viñedo es el campo de batalla de todo gran vino y más aún si vive en situaciones extremas como éste, en un lugar donde la naturaleza juega malas pasadas de forma imprevisible. Todos los esfuerzos de los elaboradores serios se centran aquí y éste es el motor que mueve sus vidas. El campo, la viña; la viña, el campo... es lo único de lo que se oye hablar hoy en la Ribera del Duero. De eso y de la preocupación latente por la calidad a costa de la cantidad.
Fin.
Volver a la primera parte.
María Pilar Molestina
|
|



|