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  Entrevista con...

Ismael Arroyo
"Siempre hemos intentado hacer un vino característico y peculiar, un vino más propio"

Bodegas Ismael Arroyo se asienta en la falda de una colina en la localidad burgalesa de Sotillo de la Ribera, entre lagares y bodegas subterráneas con 400 años de antigüedad, donde este pueblo de tradición vitivinícola ha elaborado siempre sus vinos.

Su fundador, Ismael Arroyo, empezó a embotellar justo cuando en la zona se prefería el cereal al viñedo. Era casi el único particular que apostaba por retomar la elaboración del vino. Apoyado por sus hijos y trabajando mucho, paso a paso, ha conseguido que la calidad de sus vinos haya sido reconocida por los mejores críticos. Sus metas siguen siendo hacer un vino propio de calidad y conservar el carácter familiar de la bodega.

La bodega se fundó en el año 1979. ¿Recuerda cómo fueron esos inicios? ¿Cómo empezó?
Yo me dedicaba al transporte, pero quería cambiar de actividad. Desde siempre, tenía afición por coleccionar vino y aprovechaba todos los viajes que hacía como transportista para traer botellas de otros sitios. Además, Sotillo siempre había tenido fama de buen vino y yo poseía desde hacía mucho tiempo la ilusión de embotellar, porque la familia siempre se había dedicado a la elaboración del vino, para consumo propio y para venta, pero se hacía de otra forma, claro.

¿Fueron unos inicios difíciles?
Algo sí, porque empecé solo. Los hijos me ayudaban a ratos, los fines de semana, hasta que decidieron incorporarse también. En esa época sólo había tres o cuatro bodegas cooperativas que embotellaban y como particulares creo que sólo estaba Pesquera. El primer año solamente se embotelló rosado, porque era lo que más se vendía en esa época. Las primeras botellas salieron a 70 ó 75 pesetas. Con el tinto comenzamos en el año 81 y ya empezamos a hacer Crianza y Reserva. De esa cosecha hicimos 3.500 botellas de Reserva. Al principio compraba el vino ya elaborado a la cooperativa y yo lo embotellaba con nuestra marca. Así estuvimos tres años, pero luego cogimos la cooperativa en renta durante cinco años. Entonces ya cogíamos la uva de los socios y nos metimos de lleno en todo el proceso de elaboración.

¿Recuerda quiénes fueron sus primeros clientes?
Fundamentalmente restaurantes. El Mesón Arandino, en Valladolid, Cristóbal y Paulino, en Segovia y el Mesón del Cid en Burgos.

¿Costaba vender?
No, porque hacíamos poca cantidad entonces, unas 40.000 botellas.

En esas fechas no había denominación de origen, en la Ribera del Duero todavía se arrancaban viñas, no había cultura del vino embotellado. ¿No pensó que era una aventura con mucho riesgo?
Sí que había riesgo, porque se habían quitado muchas viñas y nadie creía en el vino. Algunos, cuando intentábamos animar a la gente a poner viñas nos respondían que para qué, si todo el mundo las estaba arrancando. Todo lo relacionado con el vino estaba muy abandonado, tanto las bodegas antiguas como el precio de la uva, como la comercialización. Entonces el cereal era mucho más rentable, así que no encontrábamos gente que nos diera muchos ánimos. Probablemente era el peor momento para empezar, pero yo tenía muchas ganas de hacerlo porque siempre me había gustado el tema del vino. No se si fue intuición, simplemente no podía seguir adelante con mi anterior oficio de transportista, porque tenía que invertir mucho en un nuevo camión y ya era mayor, así que decidí probar con algo que siempre se había hecho en el pueblo y en nuestra familia.

¿Cuándo oyó hablar por primera vez de una denominación de origen?
Cuando fui a la entonces Jefatura Agronómica, que creo que dependía del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, para legalizar el tema del embotellado, pedir permisos y todo eso. Allí estaba Javier Villagra, que ya tenía en la cabeza la idea de promover una denominación de origen o alguna fórmula de calificación de la calidad. Él sí que fue un visionario, porque decía que era el momento adecuado. Recuerdo que la primera reunión "oficial" que tuvimos fue en La Horra, con las pocas bodegas que entonces elaborábamos, como Peñalba, García, o Pedrosa entre los particulares y algunas cooperativas. Unas ocho o diez en total. También había representantes de la Administración. Allí ya se decidió poner unas normas para el proceso de elaboración y crianza. Luego hubo muchas otras más reuniones, hasta que finalmente se concedió.

¿Cómo se celebró la concesión?
Se hizo una degustación en la estación del metro del Retiro, en Madrid, en la que estuvieron el entonces ministro de Agricultura y representantes del INDO. Pero, curiosamente, sólo fuimos dos o tres bodegueros.

¿Cómo vio el hecho de crear una D.O.?
Bien, porque ya se conocía el funcionamiento de otras denominaciones de origen, como la de Rioja, y parecía más una ventaja que un inconveniente. También creíamos que era un apoyo oficial de la administración a la iniciativa empresarial que habíamos tenido algunos en la Ribera del Duero. Lo que pasa es que no nos imaginábamos que esto iba a tener tanta fama ni tanta aceptación, ni mucho menos que íbamos a ser más de cien bodegas en la zona, que iba a venir tanta gente de fuera a invertir.

¿Volviendo a su bodega, cuándo construyeron las instalaciones actuales?
En el año 87, porque la bodega cooperativa ya tenía muchos años. Los depósitos se hicieron según las costumbres de elaboración de los años 60, eran muy grandes, de cemento. Continuamente teníamos que estar renovando o reponiendo cosas, adaptándonos a las exigencias de un proceso de elaboración más moderno, así que buscamos un lugar para poder elaborar vino con mayor comodidad y limpieza, con instalaciones y maquinaria moderna. Encontramos un sitio aquí, al lado de la cuesta de San Jorge, donde están todas las bodegas y lagares del pueblo, o sea, el lugar donde siempre se ha hecho vino en Sotillo.

¿Por esas fechas ya tenían asentado un mercado propio?
Sí, sí, incluso ya empezábamos a exportar. Primero vendimos en la región, luego ya por todo el país y en 1986 dimos el salto al extranjero, empezamos a mandar vino a Estados Unidos, Suiza, Austria e Inglaterra. Entonces, la exportación nos surgía por contactos, porque venían aquí importadores interesados en contactar con alguna bodega de la D.O. Ribera del Duero, porque aunque todavía no era una denominación muy conocida, habían probado algún vino y les gustaba. Como entonces había pocas bodegas, solían visitar y contactar con todas.

Uno de los principales atractivos de Bodegas Ismael Arroyo es la posesión de una bodega antigua, del siglo XVI, excavada en una montaña, con 400 metros de longitud y donde llevan a cabo la crianza de los vinos en unas condiciones inmejorables. ¿Cómo consiguieron hacerse con este patrimonio?
Desde el principio nos gustaba la idea de hacer la crianza en una bodega antigua, de las que se conservaban aquí en Sotillo, porque era el lugar tradicional para envejecer los vinos en barrica. Por eso utilizamos primero una vieja bodega que nos dejaron hasta que decidimos rehabilitar ésta, que se llamaba del Concejo, la más larga que existía en el pueblo, junto con otra que no se usa. Nosotros teníamos aquí una parte en propiedad y nos parecía mejor porque era mucho más amplia, pero teníamos por delante el trabajo de ir cambiando o adquiriendo las demás partes de la bodega hasta completarla en su totalidad y sobre todo arreglarla, porque estaba muy abandonada: llena de tierra, con trozos hundidos. Hicimos la rehabilitación poco a poco y tardamos unos dos años en dejarla preparada: limpia, con luz eléctrica, etc.

Y ahora es su mayor orgullo.
Sí, porque es el lugar ideal para envejecer. Está excavada en la colina que llamamos de San Jorge, donde hace siglos se hicieron todas las bodegas de este pueblo, quizás porque es un sitio bastante bueno, de roca y arena, así que son las más secas de la comarca. Está a unos 30 metros de profundidad y la temperatura y la humedad son constantes durante todo el año. No hay ruidos ni vibraciones, y todo eso permite una crianza más lenta del vino, lo que hace que pueda conservar mejor sus características de juventud. Pero además le tenemos un cariño especial por su valor histórico y etnológico, porque era el lugar tradicional donde se hacía el vino y donde se conservaba, porque tuvieron mucha importancia en su época, se hacían a mano, con mucho trabajo, pero eligiendo bien su ubicación y orientación, y sobre todo porque están desapareciendo, pues ya no se usan y son un patrimonio que no se merece ese fin. Como bodega antigua posiblemente sea la más grande de toda Castilla y León. Hace diez años la ampliamos en unos 200 metros, para conectar la bodega vieja con las naves de elaboración.

¿Cuál diría que es la filosofía de Bodegas Ismael Arroyo?
Siempre hemos tenido la idea de no ir a elevadas producciones, de que la empresa tuviera una filosofía familiar, orientada más a la calidad que a la cantidad. Cuando empecé, casi todas las bodegas particulares eran familiares, más bien pequeñas. Nosotros empezamos con poca cantidad, con 40.000 botellas, y hemos ido subiendo hasta las 300.000 botellas actuales, y no pensamos ya pasar de ahí, porque nos parece una producción suficiente. Queremos seguir conservando ese carácter familiar en la bodega.

¿También tenían claro cómo iba a ser el estilo de sus vinos?
-En realidad, al principio el vino se hacía tal y como salía de la uva. Nos dimos cuenta de que con la uva autóctona de esta zona, la Tempranillo, ya salía un vino con unas características muy determinadas, y vimos que ese vino tenía éxito. Con el tiempo, hemos intentado cuidar ese potencial, encauzarlo y ser regulares en su elaboración. Conservando las peculiaridades de cada cosecha, procuramos que salgan unos vinos con suficiente cuerpo, con aromas frutales, taninos, color, equilibrados en su crianza en madera...

¿Cuáles son sus metas y objetivos?
Consolidar nuestras marcas, Mesoneros de Castilla para el vino joven y Valsotillo para los vinos de crianza y reserva. También mantener o mejorar la calidad, si es posible, y continuar comercializando el vino, abriendo nuevos mercados, para darle un valor añadido a éste y a la uva. Ahora, lo más difícil es la comercialización, por la competencia de precios y bodegas, pero siempre hemos intentado hacer un vino característico y peculiar. No queríamos hacer un vino estándar, sino uno más propio, y así queremos seguir.

En la actualidad, la bodega compra parte de la uva a los viticultores de la localidad. En el futuro ¿piensan abastecerse exclusivamente con viñedo propio?
No, no. Queremos seguir comprando a viticultores, porque tenemos aquí unos proveedores de confianza, con viñas muy viejas que dan una uva de calidad, están bien situadas y tienen producciones bajas. Hoy por hoy, dan más calidad que las jóvenes.

¿Cómo ve el futuro de la zona?
Bien, pero pienso que deberíamos tender a hacer vinos de calidad a precios razonables. Para pequeñas producciones de vino creo que puede haber un buen futuro, pero para las elevadas quizás sea más costoso vender.

Si quieres adquirir alguno de los premiadísimos vinos de este bodeguero, como el Mesoneros de Castilla 99, el Valsotillo Crianza 99 y el Valsotillo Reserva 96, puedes encontrarlos en nuestra tienda.


Aurora Lázaro

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