 

|

| Entender de vino |
 |

El terruño
La tierra, el vino y la magia
Definir la palabra terruño no es nada fácil, quizá ahí radique su magia. Es el entorno donde se cultiva la uva, el suelo de calidad del que el vino refleja el carácter, el terreno del que toma parte de su personalidad.
La palabra terruño proviene del término francés "terroir", conjunto de características muy determinadas que hacen que un vino sea diferente del resto. Depende de muchos factores: tipo de suelo, humedad, orientación, insolación, drenaje, pendiente...
Decir que un vino tiene gusto a terruño sería uno de los mejores atributos que puede recibir, porque se le está otorgando una personalidad y un carácter único y distinto.
Hay muchos tipos de suelo, podemos preguntarnos qué terrenos son los mejores para la calidad del vino: la contestación siempre es difícil, depende de otros muchos elementos y no hay reglas fijas. Cada suelo tiene sus ventajas e inconvenientes, lo importante es conocerlo bien y saber qué problemas presenta.
Por ejemplo, los suelos en pendiente presentan problemas para retener la humedad, lo que provoca rendimientos más bajos pero aumenta la calidad de la uva; los arcillosos se esponjan en invierno para recibir el agua y se cierran en verano para retenerla; los silíceos tienen buen drenaje pero no admiten cualquier tipo de variedad, y así un sinfín de datos más que el enólogo o el bodeguero no pueden nunca perder de vista.
El suelo es tan importante porque su estructura/textura interior (arcilla, arena, roca, piedras...) van a condicionar el desarrollo de la raíz, su crecimiento y expansión. Pero no es lo único, también es fundamental el clima, que define, entre otras cosas, el régimen de lluvias.
La viticultura conjuga estos datos mediante el "índice bioclimático", que tiene en cuenta las temperaturas activas (de más de 10º), las jornadas de sol y la lluvia, todo ello referido a los días que van desde la brotación anual de la vid hasta la vendimia. Este índice, por regla general, debe oscilar entre cuatro y siete para que un vino sea óptimo.
Además de los climas atlántico, mediterráneo, continental... existen los llamados microclimas, que como su nombre indica, se generan en pequeñas áreas como una viña o más concretamente en una cepa (microclima foliar), no es la misma la cepa que está en la sierra que la que está en el margen de un río.
Respecto al sol y la iluminación, cuanto más fuerte sea la insolación, la uva contendrá más azúcar y el vino será más alcohólico.
Las variaciones anuales hacen que en buenos viñedos unos años la cosecha sea muy buena y otros deficiente, en calidad y/o cantidad, aunque un buen terruño siempre destacará por su calidad, sobre todo en los momentos más difíciles. De estas variaciones las más importantes son las heladas, los vientos y las lluvias.
Al hablar de heladas no nos referimos a los fríos de invierno, sino a las temperaturas por debajo de los cuatro grados que afectan a las viñas en primavera u otoño. Estos fríos cortan la vegetación de la vid y producen vendimias verdes y de baja calidad. Si esto ocurre, por regla general, en mayo o junio se puede vaticinar una cosecha de poca calidad.
Otros datos los brinda la intuición y la experiencia que, como siempre, facilita el camino.
Entre los vinos, que se pueden caracterizar por su especial terruño podemos citar Château d´Yquem, Petrus, o un Romanee-Conti.
No es nada fácil conocer el lugar donde se cultivará la vid, la elección es un trabajo duro y arriesgado. Siempre en busca de que el conjunto de elementos naturales y climáticos estén en consonancia. El secreto es que todos los factores se den en perfecta armonía.
|
|



|