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  Con nombre propio

Hablando de Rioja...
Primera parte, por cierto

A estas alturas, ¿qué se puede decir de Rioja que no se haya dicho ya? Así y todo, ¡cuánto queda todavía por contar...! El Rioja es como el "amor verdadero" del bolero; le eres fiel hasta que encuentras a otro para, al final, terminar volviendo a él irremediablemente.

Pero esta gran zona de vino, que durante años parecía ser la única a considerar, no siempre fue así. En el siglo XI, los vinos interesantes eran los que se producían al sur de la meseta. Las zonas en torno al río Oja; la cuenca del Ebro, o más al sur, por Alhama y la cuenca del Cidacos, tenían verdaderas dificultades para demostrar su valía. Pasó mucho tiempo antes de que Rioja se hiciera con un nombre tal como lo conocemos hoy.

Por increíble que pueda parecer, a finales del siglo XVII y principios del XVIII, se recogen numerosas alusiones al uso del vino como sustituto del agua en la preparación de la argamasa que iba destinada a la construcción. Antes del otoño, este vino se empezaba a repartir gratuitamente en los pueblos con el fin de empezar a vaciar los depósitos que no habían sido vendidos, para hacer sitio a la siguiente cosecha. ¡Quién lo hubiera dicho! Tan poco interés despertaba el vino riojano, que ni los arrieros vascos querían cobrar su mercancía en vino puesto que éste nunca llegaba bien al siguiente destino y se hacía muy difícil su comercio. Felipe IV, incluso, tuvo que dictar una Orden Real para conseguir impulsar la compra de vinos riojanos. Aún así, esto no solventó el verdadero problema, que era conseguir que el vino no se estropeara con el tiempo y el transporte. De todos modos, ésta no era una preocupación generalizada, ya que muchos bodegueros estaban resignados a que el vino siguiera su vida natural: nacer en la vendimia y acabar con la llegada de la siguiente cosecha.

La cosas cambiaron cuando el ilustrado clérigo Manuel Quintano -a instancias de su hermano, que no podía hacer el viaje- emprendió viaje rumbo a Burdeos en 1786 para aprender, in situ, los misterios del envejecimiento y la crianza del vino. Volvió entusiasmado para aplicar este "método bordelés" en su bodega de Labastida, pero los bodegueros, aferrados a sus tradiciones y acostumbrados a ciclos económicos anuales, no entendían tanto esfuerzo para prolongar la vida del vino.A la vista de los resultados obtenidos, en 1804, el Consejo Real dio la razón a Quintano e incluso apoyó su política de precios, que para entonces era desorbitada.

Décadas más tarde, Luciano Murrieta en su finca de Ygay y el Marqués de Riscal en la suya de Elciego consiguen, definitivamente, cambiar el panorama vitivinícola de la zona. Se puede decir que la cosecha de 1862 fue la primera en la Rioja que se elaboró aplicando las experiencias aprendidas del Médoc francés y puestas en práctica por estos inquietos caballeros con la ayuda del "mayordomo" (al que hoy llamaríamos enólogo o flying wine maker ) del Château Lanessan, Jean Pineau, contratado por el Marqués de Riscal para tal efecto.

Hacia 1880, el viñedo se multiplicaba por todas partes en La Rioja. Eran años de vacas gordas y el mercado absorbía toda la producción. Al año siguiente, se registró la cifra, nunca igualada, de 55.000 hectáreas de viñedo en producción (actualmente hay algo más de 50.000) cuando el resto de países elaboradores sufrían las secuelas de la devastadora filoxera. Todo ese ímpetu se frenó en seco con la aparición de esta plaga también aquí, y el viñedo riojano tardó más de veinte años en reponerse. La lenta recuperación se llevaba a cabo gracias a las ventas de vinos a las posesiones en ultramar, especialmente a Cuba. Casi todas las bodegas, hoy legendarias, exportaban en esta época prodigiosa. A éstas, le siguieron otros períodos de grandes inversiones que permitieron el florecimiento de bodegas que conforman el mapa riojano actual. El comercio del vino trajo consigo el progreso. Las bodegas se instalaron en imponentes casonas y las nuevas construcciones, con torres, encontraban su inspiración en la arquitectura de Champagne y de Aquitania.

Poco podemos decir de los vinos de entonces ya que no estuvimos allí para probarlos, de modo que todas las voces nostálgicas que se levantan añorando los vinos de antaño que duraban treinta años, por dar una cifra, sólo nos hacen pensar que quizás existe la reencarnación y nos hemos perdido algo con nuestra mala cabeza y peor memoria. Soy bastante escéptica como para creer que con los métodos de elaboración de entonces, y peor aún, con la desmedida afición a la barrica vieja que demostraban las bodegas riojanas hasta hace sólo unos años, los vinos hubieran sido tan espectaculares como cuentan las crónicas, al menos para el gusto de hoy.

Si bien es cierto que he tenido el placer y el privilegio de probar añadas centenarias riojanas, no he llegado al punto de tener que discernir si lo que me perdía era la impresión de beber un poco de historia o un poco de vino. El matiz es importante. Hablar del disfrute de beber un vino de hace treinta o cuarenta años, que nos retrotrae al momento en que se elaboró y crió, y admirarse del prodigio de su longevidad es una cosa; hablar de disfrutar de un gran vino con una gran comida, compartida con la mejor compañía, es otra historia totalmente distinta.

Pero esta añoranza quizás se debe a que, en un panorama riojano tan variopinto como el actual, es fundamental conocer en cierta medida el sector. Es preciso "leer entre líneas" para entender la complejidad de una zona elaboradora en la que, bajo el paraguas protector de "Denominación de Origen Calificada", subyacen tantas Riojas y tantos vinos riojanos como filosofías personales tienen sus elaboradores y bodegueros. Antes, había menos variedad, los vinos buenos se limitaban a sota, caballo y rey, con lo cual era fácil dominarlos. Hoy, se le exige mucho más al consumidor y esto es: saber de vinos para disfrutar del vino.

¿Qué tienen los riojas de antes y los de ahora en común? Lo mejor: la variedad tempranillo, que ha demostrado ser la reina indiscutible para elaborar vinos grandiosos. A partir de aquí, se inicia la siguiente generación de grandes riojas ya se llamen de alta expresión, de cosechero, de añada, de diseño, de autor, de prescriptor o, según su permanencia en barricas, de crianza, de reserva, o de gran reserva... Muchas formas distintas de nombrar un vino importante al paladar y al corazón que, a veces, tiene unos rasgos comunes con la geografía, la climatología y los métodos de elaboración y crianza y otras responde a pasiones que poco tienen que ver con la contraetiqueta del Consejo Regulador que ampara su origen riojano, que ya es bastante.

En el fondo, todos hablan de vino de calidad con mayúsculas, vinos de los que iremos hablando y recordando poco a poco.


María Pilar Molestina

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